

Por el Dr. Jorge Rubén Alonso, presidente de la Asociación Argentina de Fitomedicina, médico, Presidente de la Asociación Argentina de Fitomedicina y miembro titular de la Sociedad Argentina de Antropología Médica, dependiente de la Asociación Médica Argentina.
Las enfermedades cardiovasculares constituyen hoy uno de los graves problemas que debe afrontar la salud pública y el colesterol y los triglicéridos las causas más importantes vinculadas a ellas. Todos sabemos que un organismo sano depende de un correcto balance nutricional y de un buen estilo de vida. La ingesta de grasas saturadas sumada al estrés cotidiano son condicionantes directos para la génesis de los problemas que afectan al corazón y al resto del organismo.
Un exceso de grasas en el organismo no sólo se vincula a enfermedades cardiovasculares sino también a diabetes y cáncer, los tres enemigos más temibles de la salud humana. Por eso es importante mantener un nivel adecuado de colesterol y triglicéridos en el organismo. Fíjese que decimos nivel adecuado de colesterol y no eliminación total del mismo.
Es bueno aclarar que el colesterol es necesario para muchas funciones del organismo, entre ellas la fabricación de hormonas esteroidales (cortisol, progesterona, estrógenos, etc). Esto explica, por ejemplo, que una joven anoréxica o bulímica deje de menstruar y corra riesgo de quedar estéril.
La industria farmacéutica ha trabajado incansablemente para hallar fármacos que puedan disminuir los niveles de grasas elevadas y llegó al desarrollo de las estatinas (atorvastatina, cerivastatina, etc). Estas drogas fueron obtenidas inicialmente de hongos fermentantes del arroz, como el Monascus purpureus. De este hongo surgió la primera estatina sintética, anunciada con bombos y platillos como unos de los hallazgos farmacológicos de la última década del siglo XX.
Su uso tuvo gran difusión entre la comunidad médica y los resultados respecto al descenso de las cifras de colesterol elevado eran realmente muy alentadoras. Aprovechando el “viento de cola” de este hallazgo, la industria farmacéutica comenzó a sintetizar nuevas estatinas (muy parecidas a la original) e instaló casi como una obligatoriedad su consumo (junto a la aspirina) en personas con riesgo de enfermedad cardiovascular.
La sorpresa fue que tras su consumo masivo empezaron a aparecer efectos colaterales importantes entre los consumidores, especialmente con una de ellas denominada cerivastatina, que tuvo que ser sacada del mercado farmacéutico por los graves efectos adversos que provocó. Uno de los efectos colaterales más marcados del uso de estatinas se refiere a procesos de rabdomiólisis (una especie de rasgadura irreversible de las fibras musculares) que trae aparejado fuertes dolores musculares en miembros inferiores principalmente. A ello se suma que algunas estatinas pueden movilizar transaminasas, enzimas del hígado que salen a circulación como expresión de sufrimiento de dicho órgano.
Si bien los laboratorios minimizan estos efectos alegando que se dan en muy pequeños porcentajes de los pacientes que las consumen, sobretodo si se mezclan con fibratos, lo cierto es que la experiencia personal y la literatura científica revela que esos porcentajes no son tan mínimos.
El secreto azteca
La ciencia ha puesto su ojo clínico en una planta cultivada en América desde la época de los aztecas: la chía (Salvia hispanica). Esta planta si bien tiene su origen en México y Centroamérica, hoy se cultiva en Argentina (más precisamente en la provincia de Salta). Desde un punto de vista nutricional, la semilla de chía contiene un 20% de proteína de alta calidad (eso significa que contiene importantes cantidades de aminoácidos esenciales), que la convierte en una alternativa proteica vegetal de altísimo valor nutritivo, económica y versátil.
La semilla de chía, junto al amaranto y la quinua (o quinoa), constituyeron los cereales americanos por excelencia durante la etapa precolombina. Pero a partir de la llegada del conquistador europeo a tierras americanas, dichos cereales se dejaron de lado y se impuso el trigo como fuente cerealera (a pesar de tener un menor contenido proteico).
La semilla de chía contiene mucílagos (con buena capacidad absorbente de agua) que es muy utilizada por la industria alimenticia como espesante. No obstante, el real valor de la chía en el tema grasas elevadas, radica en su riqueza en ácidos grasos poliinsaturados, como son los aceites Omega 3.
Caso curioso el de la medicina natural, que procura combatir las grasas con otra grasa, ya que los aceites Omega derivan de grasas polinsaturadas. Pero todo el mundo sabe que en nutrición, existen grasas “buenas” y “malas”. Pues bien, los aceites Omega 3 son precisamente dignos representantes de las grasas buenas, al disminuir de manera significativa los niveles de colesterol malo (LDL- colesterol) y triglicéridos elevados en la sangre, incrementando a su vez, los niveles de HDL-colesterol (el colesterol “bueno”), uno de los agentes protectores del corazón, que evitando taponamientos por ejemplo, en las arterias coronarias.
Estos hallazgos han hecho que las semillas de chía, en muchos países, se agreguen al pan, lo cual las convierte en alimentos funcionales. Su poder reductor de lípidos incluso supera al de otras semillas, como por ejemplo las de lino. Uno de los componentes fundamentales del aceite presente en la semilla de chía es el ácido alfa-linoleico (ALA), que demostró en varios ensayos clínicos, reducciones importantes en el riesgo de sufrir infartos cardíacos (40% en hombres y de 50 a 70% en mujeres). Además, la ingesta de ALA esta asociada con un bajo riesgo de aterosclerosis de la carótida (patología que determinó en su momento la internación de dos ex-presidentes argentinos: Carlos Menem y Fernando de la Rúa).
La chía se erige en la actualidad como una excelente fuente proteica, a lo cual suma una importante actividad reductora de lípidos en sangre, sin los efectos adversos de drogas químicas. Existen en el mercado farmacéutico suplementos en forma de cápsulas elaboradas con el aceite de la semilla de esta planta, como así también se pueden conseguir las semillas para elaboración de alimentos o consumo directo. Ahora entendemos por qué que los aztecas tenían una expectativa de vida superior al europeo en el momento de la colonización.
Remedios en la verdulería
¿Qué hacer frente a cifras de grasas elevadas si existe cierto resquemor frente al consumo de drogas sintéticas? La respuesta la tuvo siempre la naturaleza.
➜ Desde tiempos remotos, el ajo (ya sea crudo o cocido) ha sido empleado con fines hipolipemiantes. No obstante, los porcentajes de descenso del colesterol no son tan drásticos y se debe tener mucha perseverancia en hacer un tratamiento diario, durante tres meses, como para ver resultados más auspiciosos.
➜ Una verdura interesante es la berenjena. Existen estudios en Brasil que indican que su consumo (hervida o como tisana) produce efectos reductores del colesterol.
➜ Otro vegetal culinario muy interesante es la alcachofa (alcaucil), cuyas brácteas secas en forma de infusión o tintura proporcionan efectos hipolipemiantes satisfactorios, de igual modo que la lecitina de soja y los fitoesteroles de algunos aceites.