Psicología

Se puede... a cualquier edad

Anímese a dejar de lado la excusa de los años porque es posible y le permitirá cumplir los sueños postergados o los que aparecieron cuando se tomó la libertad de soñar.

Por Cecilia Mosconi
11.02.2010

Recuerde cuántas veces pensó en estudiar, ir a bailar, irse de viaje con amigas, hacer un curso de computación o aprender a nadar y se contestó: ¿a mi edad....? Cualquiera fuera el proyecto, lo cierto es que aunque le gustara, dejó pasar la oportunidad por un límite que no está del todo claro porque ¿qué significa o cuánto importa la edad para hacer lo que uno quiere?

Las razones por las cuales la edad es un obstáculo pueden ser diversas: miedo al cambio, falta de confianza en las propias capacidades o tendencia a quedarse atrapada en pensamientos negativos. También pesan los prejuicios, tanto los propios que limitan la realización de un proyecto personal, como los sociales que imponen un modelo de juventud asociada al éxito, que puede desalentar a quienes ya no son tan jóvenes, pero aún querrían hacer cosas nuevas.

Identificar cuál de estos aspectos está frenando el deseo de renovarse y asumir nuevos desafíos es el primer paso para lograrlo. A menudo, las barreras son internas; cuando hay ganas y proyectos, la edad nunca es un límite.

Desterrando prejuicios

“Sin percibirlo, vivimos inmersos en una serie de prejuicios que obstaculizan nuestros planes: ¿cómo voy a hacer esto a la edad que tengo?, solemos preguntarnos, obedeciendo a los esquemas sociales instituídos, cuando, en realidad, deberíamos preguntarnos en forma permanente: ¿qué es lo que tengo ganas de hacer?”, asegura Beatriz Goldberg, psicóloga y autora del libro “¿Cómo voy a hacer esto a la edad que tengo?” (Grupo Editorial Norma).

El prejuicio, explica Goldberg, es una creencia tan arraigada, que forma parte de la visión del mundo de quien la sostiene. Dicho en otras palabras, los prejuicios suelen tomarse por verdades inmutables o por información fidedigna acerca de la realidad, cuando en rigor, sólo se trata de creencias dañinas que pueden cambiarse por otras más positivas.

Los prejuicios pueden ser tanto personales como sociales. Los prejuicios personales limitan la propia capacidad de acción: hay quienes están convencidos de que “no son buenos con los números”, por eso no se animan a empezar un negocio independiente; los que aseguran que “no tienen nada de gracia para bailar”, jamás dan dos pasos de baile, ni siquiera en una fiesta; los que creen que “con la vocación se nace” dejan pasar múltiples llamados, a lo largo de la vida, de oportunidades para realizarse con proyectos que, de concretarlos, les brindarían alegría y bienestar personal.

El prejuicio personal opera como un límite de hierro: la creencia puede estar tan arraigada que quien la sostiene ni siquiera se anima a cuestionar su validez, intentando ‑ ¡aunque más no sea!‑ dar esos dos pasitos de baile como para comprobar que, después de todo, podía bailar con tantas ganas como los demás.

Por otro lado, están los prejuicios sociales, que pueden actuar de manera desalentadora. Vivimos en una sociedad que presiona con el modelo de la juventud y del éxito. Frecuentemente, estos dos rasgos van asociados: según parece, “hay que” ser joven y exitoso; a los 40, dicen las reglas sociales, hay que tener “la vida hecha”.

Goldberg enumera una serie de prejuicios sociales que conviene desterrar, a fin de que no constituyan un obstáculo para animarse a hacer cosas nuevas:

● “Todo tiempo pasado fue mejor”

● “Sin casamiento y sin hijos es imposible la felicidad”

● “A nadar, a andar en bicicleta, a hablar un idioma extranjero y a conducir un automóvil sólo se aprende de niño”

● “El destino está escrito”

● “La infancia es la época más feliz de la vida”

Pero, ¿quién dijo que, realmente, a los 40, 50 ó 60 uno no puede dar un pequeño o un gran golpe de timón en su vida y hacer un cambio positivo?



Mejor sin miedo

Otro de los límites para animarse a hacer algo nuevo o diferente es el miedo: a no saber, no poder o quedar mal parado en la experiencia. “La parálisis nacida del miedo es el peor enemigo de las concreciones”, sostiene Golberg. Los miedos y las ambivalencias, puntualiza, hacen decaer nuestras defensas, restándonos energía para concretar proyectos.

Cuando hablamos de proyectos, no se trata, necesariamente, de grande realizaciones: a veces los hobbies dan una pista acerca de aquello que es motivador para una persona. En muchas ocasiones, basta con prestar atención cada vez que decimos: “¡Cómo me gustaría….!”. Lo que sigue a continuación de esta expresión de deseos seguramente es un sueño que vale la pena explorar, sin dejarse vencer por el temor.

Susan Jeffers, psicoterapeuta autora del libro “Aunque tenga miedo, hágalo igual” (Editorial Atlántida), brinda dos valiosos consejos para encontrar el propio camino a pesar de los temores:

● Establezca sus prioridades. Deténgase a pensar en lo que quiere para su vida; para la mayoría de nosotros esto es muy difícil de descubrir, ya que nos educaron para hacer lo que otros esperan de nosotros. También recuerde que los objetivos cambian a lo largo de la vida y que uno debe seguir evaluándose para descubrir qué lo hace verdaderamente feliz.

● Confíe en sus impulsos. A veces las corazonadas son buenas consejeras para decidir. Escuche a su intuición; puede sorprenderse con los resultados.

CRISIS Y CREATIVIDAD

Las crisis tienen “mala prensa”, lo cual es una verdadera lástima porque son magníficas oportunidades para hacer cambios y descubrir talentos ocultos. ¿Cuántos casos conoce de personas que comenzaron una empresa exitosa después de quebrar? ¿O que encontraron un nuevo camino profesional después de un despido?

En las crisis, uno se ve obligado a bucear interiormente en busca de nuevos recursos. En este proceso, no es infrecuente que las personas se sorprendan con el hallazgo de capacidades o fortalezas desconocidas, con posibilidades impensadas y talentos olvidados.

Esta búsqueda es esencialmente creativa. La creatividad es un arma imbatible para salir de las crisis. Ser creativo es buscar caminos alternativos, es idear salidas justo donde habíamos descartado encontrarlas. Si su hobbie es hacer tortas, ¿por qué no puede convertirlo en un negocio próspero? Si había archivado el título de maestra en un cajón, ¿no habrá llegado la hora de sacarlo y buscar nuevas formas de enseñar si eso le apasiona?

Tanto como el camino de la creatividad, será esencial que usted pueda desterrar todo indicio de pensamiento negativo y cambiarlo por aseveraciones positivas. Beatriz Goldberg aconseja cambiar mensajes paralizadores como “Si hubiera sabido…”, “Hipotequé mi vida”, “¿Por qué no lo habré hecho antes?”, por frases movilizadoras, proactivas y energizantes, que la ayuden a tomar buenas decisiones:

● “Por fin me di cuenta”

● “A partir de hoy…”

● “Estoy a tiempo de”

● “Esto está teniendo otro color”

Y si en el camino hacia el cambio, el miedo vuelve a aparecer, recuerde lo que dice Osho en su libro “Coraje. La alegría de vivir peligrosamente”: “ No lo llames incertidumbre, llámalo prodigio. No lo llames inseguridad, llámalo libertad”.

Quiénes Lo lograron

Hay casos inspiradores de personas que se animaron a lograr lo que deseaban, sin importar la edad o el qué dirán:

✓ El escritor japonés Haruki Murakami empezó a escribir a los 30 años. A los 33 decidió empezar a correr. Hoy, además de un exitosísimo autor, es un destacado corredor y maratonista, que participó en numerosas competencias.

✓ Doña Elisa Castillo terminó la escuela primaria a los 77 años, en 2008. Tuvo asistencia perfecta y fue elegida mejor compañera. Esta mendocina, madre de dos hijos, abuela de nueve nietos y dos bisnietos, fue distinguida por su logro por el Concejo Deliberante de Alvear, Mendoza. Un caso similar es el de Salomé Gutiérrez, de 75 años, quien terminó el primario para adultos a los 74 en la ciudad de Rafaela, provincia de Santa Fe. Nacida en Tarija, Bolivia, tiene cinco hijos y diez nietos. Trabajó siempre como empleada doméstica y hoy procura que otros adultos como ella se entusiasmen con la escuela y vuelvan (o empiecen) a estudiar.

✓ La escritora argentina Florencia Bonelli estudió Ciencias Económicas en la Universidad Católica de Córdoba; tal como había imaginado de estudiante, pronto comenzó a trabajar como contadora pública. Pero la vocación la sorprendió lejos de los balances: comenzó a escribir novelas románticas con ambientación histórica y hoy es una consumada escritora, con varios títulos publicados: “Bodas de odio”, “Lo que dicen tus ojos” y “Me llaman Artemio Furia”. Dejó su trabajo de contadora en 1998 y es posible que no lo eche de menos para nada…